Friday 4 july 2014 5 04 /07 /Jul /2014 02:33

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La sensación que genera la historia –quizás tortuosa y desgastante– entre el infante y su institutriz, no es otra cosa que el discurso sobre el suspenso cruel y voraz de un niño que resiste en llevar una vida apacible y ascética. La señora Grose es la encargada de una pareja de niños; Miles y Flora. Sin embargo, no es la responsable de su conducta o educación, simplemente es el ama de llaves de la casa. La irremediable inquietud de los niños ha causado un profundo misterio, se ha fraguado un rechazo generalizado a todas aquellas a ocupar la vacante de institutriz; nadie ha querido asumir el oficio por el vil miedo a fracasar.

     Sólo una institutriz ha tomado la decisión de ganarse la confianza de los niños, antes debe enfrentar diversos obstáculos principalmente el enigma de las inexplicables apariciones en la casa. Miles, ve lo que otros –adultos– e incluso niño no pueden ver ni mucho menos imaginar. Lo interesante de Henry James es el recurso que utiliza para hablar de “la vuelta de tuerca”; se trata de un final sorpresa que trastoca a groso modo la novela y nos sitúa en circunstancia sui géneris capaces de redoblar la estructura de la narrativa inicial.  Al inicio de la obra la afirmación de James es clara: “diríamos que dos niños significan dos vueltas”, es decir, que Miles y Flora representan a esos dos niños. Que han sido marcados por el pasado incierto de Jessel –su institutriz– fallecida.

     Ella, es quien ronda por los pasillos de su casa como un fantasma sin recato ni descanso, la revelación espiritual ha generado un sentimiento de hostil en la vida de la nueva institutriz  y Miles. La tragedia que encierra la novela de Henry James constituye la imposibilidad de evadir a nuestros miedos, palíndromos, fobias, iras, males y demás fuerzas negativas que impiden vivir y dejan morir silenciosamente. No hay vuelta atrás sino sólo una tuerca. La obcecada imagen de Jessel –la institutriz muerta– es el delirio que avecina el final sorpresa, su estilo reduce miles de explicaciones que sólo se intuyen a simple ojo, lo que hace de la novela una aventura excepcional para quienes aman los destinos inciertos.

    La lectura de “la vuelta de tuerca” me deja claro que los secretos y misterios de los niños, no son ajenos a nosotros los adultos, por más que exista una diferencia entre etapa, desarrollo y edad, la única maravilla es el sentido que adquiere justamente esos secretos en nuestras vidas. Vale la pena también reconocer la labor de Sergio Pitol en la traducción, un gesto valioso y erudito que transmite entre líneas una fresca emotividad de un Xalapeño, apasionado por la escritura.

Por Heriliam
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Tuesday 17 june 2014 2 17 /06 /Jun /2014 02:58

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La figura del “pachuco” según Octavio Paz denota una extraña y vacía imagen, que la misma cultura no ha podido soslayar a pesar de conservar ciertas raíces históricas como pueblo originario. No ha quedado más remedio que ir ajustando o acondicionando todas estas actitudes que la cultura –o el conjunto de arquetipos, modos, formas, costumbres, lenguaje y demás– y la sociedad ha tenido que “tomar” como parte de nuevas prácticas que se vuelven incluso hasta pasajeras de generación en generación. Lo que interesa analizar es cómo van surgiendo “figuras” que poco a poco se vuelven comunes a nuestra sociedad. El tiempo que vivió Paz fueron los pachucos y los dandis, quizás los “hippies” fueron en su momento, ahora los homosexuales y lesbianas parecen ser “figuras” de moda, pero la pregunta es ¿cómo afectan estas nuevas figuras o máscaras a la cultura?

        La radiografía que elabora Paz en especial con la figura de los “pachucos”, nos enseña el lado negativo de su origen, es decir, el aspecto emergente de cómo crecieron o se constituyeron al paso de los años en la sociedad norteamericana; recordar que ser un “pachuco” implica decir nada y decir todo, lo cual evidencia que su identidad está en severa crisis, él se reconoce y se asume así mismo pero no llega a consolidar los valores, costumbre o actitudes ni de un mexicano ni de un gringo. En este sentido, la afectación o las consecuencias que tienen los “pachucos” u otra figura –o máscara– en la cultura, es sin duda secularización y al mismo tiempo la extensión de los principios, arquetipos, modos de ser y lengua que la propia cultura se ha encargado de mostrar a través de las diversas civilizaciones o sociedades existentes.

        La cultura no se destruye sino produce otras realidades e incluso objetos de saber y poder, pero se aleja cada vez más de su origen y esencia, no obstante, ninguna cultura guarda lo “esencialista” en sus formas o rituales sino más bien posee un impulso o ideas que la estructuran así. Quiero decir, ciertas características inherentes en la cultura que la definen o inclusive la relacionan con otras culturas o sub-culturas. Todo parece indicar, que la cultura –con el paso de los años– debe irse adaptando a las nuevas realidades, lo que verdaderamente resulta paradójico es que nosotros más bien deberíamos adaptarnos a sus formas específicas o ideas, cuestión que no termina por convencer a gran parte de la población.

        Para Octavio Paz “aparentar” o “ningunear” es el principal fenómeno en cual la cultura mexicana –en especial– ha tenido que adaptarse a estas nuevas realidades que le van saliendo al paso; sólo recordar El gesticulador de Rodolfo Usigli para reconocer la prominencia de la mentira y el “aparentar”, que Paz percibe no tanto como un mal sino como una forma de acceder o llegar a ser algo que no es. Entonces, “simular es inventar, o mejor aparentar y así eludir nuestra condición. La simulación exige mayor sutileza: el que disimula no representa, sino que quiere hacerse invisible, pasar inadvertido sin renunciar a su ser.”[1] Lo curioso es saber ¿por qué simular, engañar, mentir o aparentar realidades subalternas diferentes a lo que ya está dado?

        Lo que se busca con la “simulación” es como menciona Paz, negar lo que somos y por supuesto ignorar lo más impuro de nuestra ser. El mismo problema lo recupera Samuel Ramos en El perfil del hombre y la cultura en México, allí es claro Ramos en escudriñar que desde hace tiempo el hombre no se da cuenta de que imita.

        Por eso, la imitación es la sombra de la cultura, debido a que “(…) aparece como un mecanismo psicológico de defensa, que, al crear una apariencia de la cultura, nos libera de aquel sentimiento deprimente.”[2] Así como Ramos denuncia a la imitación como mecanismo de defensa y deprimente de la cultura, Paz hace de la “simulación” una actitud que se homogeniza en la cultura como parte de una práctica mundana y local, que no termina por consolidar un esquema cuyo valor es cada vez más extraño. Tanto en Paz como en Ramos sin duda encontramos parentescos, que nos acercan más a una explicación más real de los fenómenos de la cultura.

       En particular en Octavio Paz, resalta claramente el contraste entre la mentira, las máscaras y la simulación, que bien podemos sintetizar en la figura del “pachuco” como el origen rebelde de ciertas actitudes de la cultura contemporánea, es decir, los rasgos que revelan la crisis de una identidad, verdad y realidad. Los “pachucos” para Paz son un grupo de jóvenes de origen mexicano que adoptan un lenguaje, una vestimenta y una conducta al estilo norteamericano, lo inquietante es que se destacan a diferencia de otros grupos por su agresividad o violencia, la cual se rebate entre la moda y la sociedad que pretenden negar. Octavio Paz reconoce que el “pachuco” presenta algunos síntomas de violencia, donde se mezcla la mentira, el ninguneo y la falsedad.

       La pregunta es ¿por qué los “pachucos” se definen en la cultura del siglo pasado como seres  profundamente violentos? Me parece, que la violencia como tal siempre ha existido en los diferentes sectores de la sociedad como en la familia, en la escuela y por supuesto en la cultura; en los “pachucos” –especialmente– la violencia surge a partir del lenguaje, de su vestimenta, de una moda, lo cual no significa que sean factores que así  lo determinen sino más bien constituyen aspectos que inciden favorablemente en la emergencia de la violencia. En otras palabras, la violencia se revela de modo indirecto en la cultura a través de una serie de preceptos como la moda, el lenguaje, vestimenta, la conducta, apariencia, los gestos y la actitud.

      No debemos perder de vista la emergencia de la violencia como una cuestión histórica, intima en nosotros como actitud o forma de ser que se despliega de manera involuntaria o voluntaria en nuestra vida. A mi juicio, lo que va a determinar lo qué es violencia o no es la moda, lo que dejará de ser o lo que llegará a ser violencia. Para Paz los “pachucos” son parte de la moda big, por tanto, han dejado de ser un problema de la cultura y una vía para producir violencia.

      Sin embargo, aun queden raíces del “pachuco” o esquemas culturales del siglo XX, cuyo carácter sigue produciendo diversas realidades que cada vez son más extrañas a la historia y a nuestra vida. En el siglo XXI encontramos ciertos remanentes del viejo impulso de rebeldía o violencia que en algún momento Paz –con tanto ánimo– describe en su apartado sobre los “pachucos”; hoy sobre todo cuando un país como México dice ser democrático, van surgiendo por la travesía de las exclusiones un conjunto de figuras, identidades, subjetividades, formas de ser, etc., que lentamente se han consolidad con el paso del tiempo e incluso han logrado un reconocimiento político y legal.

      Me refiero particularmente a la homosexualidad; esta figura que ha penetrado a la sociedad fuertemente se ha envuelto no tanto como un “identidad” que interfiera en la producción de violencia sino en la victimización –en algunos casos por homofobia–. Es importante aclara, que no intento defender a esta figura, más bien mi interés es analizar cómo se ha venido constituyendo la homosexualidad en la cultura como una moda que se va desencadenado más como práctica común que extraña. Lo que nos traslada a otra realidad diferente, no tan alejada de un mimetismo, de un juego de máscaras pero sobre todo de una pugna moral, que los mismos “pachucos tuvieron que pagar sin importar lo mucho o poco que valiera”.

      La cultura y la violencia quizás sean en el fondo dos dicotomías que desde sus inicios hasta hoy sigan un estrecho camino; la cultura por su parte, como el conjunto de preceptos, arquetipos, costumbres, lengua, que se enraízan y despliegan en la medida en que produce realidad. Mientras, la violencia como una sombra que se desliza a través del lenguaje, de la conducta, los gestos y recaiga contra “otros” o en su defecto contra nosotros mismos, de forma indirecta como los “pachucos” o directa lo que podría llegar hacer un sicario.



[1] Óp. cit  p. 46 

[2] Samuel Ramos, El perfil del hombre y la cultura en México, Colección Austral, México, 2005, p. 22  

 

Por Heriliam
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Thursday 22 may 2014 4 22 /05 /May /2014 02:44

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Parece que los palíndromos usurpan la ficción de los que escriben, “afortunadamente yo no soy escritor, solo escribo”, confiesa Fernando Figueroa Sánchez en ¡Auxilio, un palíndromo me acecha!, el volumen II de su magna obra Enciclopedia del aquelarre humano. Estampas de sueños y experiencias que no solo acechan la época, sino también el tiempo, el mundo y hasta “aquellos seres que aún no han nacido para leer este libro”, como sentencia el autor en el colofón.

      Relatos donde los personajes desafían ágilmente los clichés de las sociedades hyper-ultra-posmodernas; el alcance retórico con el que se describe esta serie de anales, recae en el inevitable humor negro que denuncia la crisis de un mundo, profano y trivializado por el cinismo de la nueva era, curiosamente muy similar al nuestro. Así se lee:

“Bob esponja ya ni reía; donde antes pastaban los pegasos, ahora había lozana yerba repleta de ácaros transmisores de peste roja y cámaras de tv con utilería y maquillistas, en las tabernas donde antes pululaban cronopios que discutían filosofía animosamente, ahora se habían fundado academias para legislar y decidir de una vez por todas quién tenía derecho a pertenecer a la ficción”

 

      ¡Auxilio un palíndromo me acecha!, parece escrito por Karl Kraus en los cuentos “¡Boñiga al aire!” y “La caja idiota, sobre pedido”, pero luego, uno lee “Fin de temporada de un actor de la farándula” o “Compraré un reloj” y entonces, Figueroa despliega un estilo como el de Louis-Ferdinand Céline o Henry Miller. Lenguaje repleto de sabias ironías y de anáforas, sólo el principio de una historia de la barbarie humana que hoy es cada vez más irreprochable. En el cuento que da nombre al volumen, la chabacanería se exhibe como palíndromo de las masas, y entonces, al desnudo yace la naturaleza humana, la dignidad y la inmediatez de las relaciones interpersonales. Bajo el ímpetu de Alan Poe, de Cortázar o Arreola, no el escritor, sino nuestro autor, el que únicamente escribe, “ataca” al proxeneta por idólatra, y “acata” solo a su lúdica conciencia, antes que a las reglas y academicismos, para escribir los cuentos de la Enciclopedia.

      Con el prólogo de Miguel Ángel Montoya y los grabados originales para la edición de Sergio Sánchez Santamaría, quien obtuvo el premio de retrato UNAM 2013 por el dibujo de Sergio Pitol, Fernando Figueroa ofrece un libro de lectura jovial y amena, invita lo mismo a explorar las obsesiones que enfrenta un jubilado por la pérdida de su única compañía, el objeto visual –TV–, hasta las enseñanzas de la mascota que acaso haya tenido en vida el filósofo Michel Foucault en el cuento “Séptima vida del gato de Foucault”.

     Escritura, ora culterana, ora con la contraseña coloquial de los comics; los personajes de Fernando Figueroa cuestionan el ideal americano de justicia, que por mucho tiempo ha  sido el orgullo de un país alrededor del mundo; Batman, Iron Man, Súper Man, la mujer maravilla y demás súper héroes personifican las tropelías de un discurso trillado, en manos de un presidente bailarín y Nobel de la Paz. De todos los paladines, el Capitán América es el único sospechoso de esta cultura a la american way, que hoy parece importarse en otros países, pero también resulta ser, el detractor de una serie de irregularidades de índole económica y político; Steve Rogers es el héroe que pasó a la farándula, más por un tosco tono patriótico que por su espíritu de justicia en ¿Quién coño mató al Capitán América?

    Texto visual en cuyo grabado de portada se aprecian los palíndromos que acechan al autor; rodeado de grandes eruditos y con un rótulo que vaticina el “nuevo orden del mundo”, Figueroa es embestido por un espantoso cuervo, o lo que es lo mismo, un pajarraco venenoso. Mientras, una rata obesa termina por comerse el último libro de cuentos, en contraportada, da la impresión que el escritor se ha convertido en un palíndromo más, y ahora lo rodean Edgar Alan Poe y Samuel Beckett.

    Treinta y dos cuentos que exhortan a repensar en el estilo más estrafalario, las aviesas conductas de la sociedad supra-posmoderna, colmada de sátira y guacia, e incluso resultar ser una provocación para el intelecto de las nuevas generaciones del siglo XXI. Posibilita una lectura abierta. Puede que el lector descubra que sus fobias o sueños, sean palíndromos, o que el lector sea un palíndromo oculto y lo desconozca; o bien que el escribano refleje sus palíndromos en un par de hojas como lo hace nuestro autor en esta obra artística y literaria.  Relatos cortos y otros no tanto, el libro incita a desempolvar nuestras pasiones y miedos con una lectura cordial y mundana. Al finalizar su lectura quizá tendremos que decir, si no queda más remedio: ¡socorro, tengo palíndromos!

 

 

 

Por Heriliam
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Wednesday 23 april 2014 3 23 /04 /Abr /2014 02:01

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El interés por García Márquez fue fugaz; comencé a leerlo desde los 17 años de edad. El primer libro de Gabo que tuve en mis manos fue Cien años de soledad, un montón de vidas rotas que aparecen en la Hojarasca e Isabel viendo llover en Macondo. Lo que me impactó fue la aventura de los Buendía, gente amable, intrépidos, incomprensibles. Una vida soñada sin soñar. Entre a la Universidad y me olvide por completo de Gabo. En años venideros retome sus libros pero debo confesar que ya no tenía el mismo interés en el realismo mágico de García Márquez. No recuerdo exactamente qué ocurrió.

      Un amigo en mi cumpleaños me regalo un libro, no sabía de cuál se trataba hasta que lo abrí. Era Doce cuentos peregrinos de Gabriel García Márquez, el cual escribió en el tiempo que vivió en Europa principalmente en Barcelona, Ginebra, Roma y Paris. Sin duda, la lectura de sus cuentos descubrí la imaginación, lucidez y destello por resaltar lo real que rodeaban sus historias –algunas de ellas notas periodísticas y otras más por sus viajes por el mundo–. En el prólogo de este libro el propio García Márquez revela cómo nace este proyecto;

 

“La primera idea se me ocurrió a principios de la década de los setenta, a propósito de un sueño esclarecedor que tuve después de cinco años de vivir en Barcelona. Soñé que asistía a mi propio entierro, a pie, caminando entre un grupo de amigos vestidos  de luto solemne, pero con un ánimo de fiesta. Todos parecíamos dichosos de estar juntos. Al final de la ceremonia, cuando empezaron a irse, yo intenté acompañarlos, pero uno de ellos me hizo ver con una severidad terminante que para mí se había acabado la fiesta. “Eres el único que no puede irse”, me dijo. Sólo entonces comprendí que morir es no estar nunca más con los amigos”[1]


        El cinismo y absurdo de Gabo resulta ser tan inquietante para un escritor, donde la muerte como tal no es el momento trágico sino es el instante creativo de sí mismo. La imaginación de un genio como García Márquez es tan innegable como la misma muerte; este es el costo de la finitud humana, Heidegger decía que hay un ser para la muerte, es decir, que necesariamente el acto de perecer tarde o temprano sobra sentido. 

      También, tuve un acercamiento a los intérpretes de la obra y vida de Gabo; un texto que manifiesta algunas anécdotas secretas, se trata de la tesis doctoral de Mario Vargas Llosa presentada en la Universidad Complutense de Madrid, todavía con el título de García Márquez: lengua y estructura de su obra narrativa. Posteriormente fue publicada con el nombre García Márquez: historia de un deicidio en 1971. El contenido es controversial y radical para los lectores de Gabo, pero me parece que es inteligente y sensato. Algunos podrían pensar que ofende la imagen de García Márquez, otros quizás simplemente –por curiosidad– conocerían la vida real del genio del realismo mágico.  

      Vargas Llosa es directo, García Márquez es un bastardo producto de una relación, en el que su padre, un individuo de clase baja tiene una relación amorosa con una linda chica de buena posición social. El padre de su madre, se opone a casarsela con el padre de Gabo. Allí, inicia una historia real que será frecuente en algunos los pasajes de Cien años de Soledad y en Amor en tiempos de cólera. El abuelo de Gabo, curiosamente fue un coronel de renombre en Colombia, en sus historias siempre sale a relucir la imagen de un coronel. El coronel no tiene quien le escriba. El coronel de los Buendía. Mario Vargas Llosa en su libro, narra varios pasajes –secretos– que vivió en carne propio nuestro Premio Nobel de Literatura 1982.

Tras la muerte de Gabriel García Márquez, se cierra el libro de su verdadera vida, en el que implícitamente fue cómplice de sus relatos, víctima de la escritura, dueño de su imaginación y un cronopio de las letras en América Latina. Un escritor amigo del tiempo y la paciencia. Gabo vivió la vida que escribió, desde sus cuentos fue un tercer personaje, un hombre que demostró que la ficción es más real que la propia vida.

 

 

Sin comensales de la literatura o sin escritores

El 2014 ha sido un año devastador para la literatura y los escritores, tras la muerte de José Emilio Pacheco, Juan Gelman, Luis Villoro, Federico Campbell, Gabriel García Márquez y Emmanuel Carballo. Sólo resta el repunte intelectual de los individuos que no sustituyan sus historias sino que sigan siendo ejercitando o exigiendo que los lectores no dejemos de imaginar.  ¿Qué queda?  

 

 



[1] Gabriel García Márquez, Doce cuentos peregrinos, Ediciones Diana. 1992. México. pp. 13-14.

 

Por Heriliam
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Tuesday 1 april 2014 2 01 /04 /Abr /2014 04:27

 

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Fragmento de la ponencia presentada en la UAM en el coloquio sobre Filosofía Méxicana, Octubre 2013. Ciudad de México, D.F.


José Revueltas decía que la memoria no es lo que se recuerda sino lo que olvidamos. En efecto, nuestros actos profundos constituye esa parte que no acepta el recuerdo a pesar de que existan testigos o no. Entonces, lo memorable es la negación del recuerdo que se ha quedado inmóvil en alguna parte del tiempo. En cambio, en la lógica histórica en la que México –con dos siglos de vida como nación libre– parece reconocerse como un país “democrático”, acepta el recuerdo como tal en la que cada una de sus instituciones públicas y políticas se identifica a sí misma. No así, sucede en las prácticas de la vida social –como los académicos, sociedad civil, estudiantes universitarios, intelectuales, etc., – donde tales recuerdos constituyen el pasado trágico e insólito de ese México de comienzos y mediados del siglo XX que no quiere quizás recordad sino olvidar.

            El desencanto por aquellos recuerdos no se debe tanto a lo que “somos” sino a lo que “no somos” hoy. Por ello, en invariables ocasiones se habla de la Independencia de México como un evento profundamente glorioso, pero no se comenta que nuestra Independencia fue “(…) menos brillante, menos rica en ideas y frases universales y más determinada por la circunstancias locales.”[1] Sin embargo, nos seguimos moviendo por los remanentes o impulsos del pasado que se han transmitido a través de generaciones en generaciones. Pero ¿qué ha sucedido en el corto tiempo de vida de nuestra historia que no podemos reivindicar nuestros recuerdos? Pareciera que estamos insertos –de lo ocurrido hasta nuestros días– en el tiempo mesiánico[2], en espera de que alguien haga o digamos algo al respecto.

            Las “máscaras” –como dice Octavio Paz– que han utilizado para cubrir el rostro de acontecimientos como la Independencia o la Revolución, se debe más a ocultar el origen o el motivo principal de lo que nunca podría ser México, un país sin rumbo ni gloria, mucho menos con ideales claros. Sin duda, hoy podemos observar atisbos de lo que “no somos”, demócratas, liberales, autónomos, transparentes, etc. Quizás lo que nos toca afrontar es lo que a nuestros antepasados evadieron en su momento, la verdad. Aunque Paz sea radicalmente pesimista, hay en el fondo de su pensamiento aspectos críticos rescatables, que explican genealógicamente la emergencia de la historia como el lugar de las batallas y el desenmascaramiento de la mentira.

            La mentira política para Octavio Paz ha sido el mecanismo de inserción de nuestro presente, que  “(…) se instaló en nuestros pueblos casi constitucionalmente. El daño moral ha sido incalculable y alcanza a zonas muy profundas de nuestro ser. Nos movemos en la mentira con naturalidad.”[3] El desarrollo de la mentira política no sólo ha desviado la vida social-cultural sino el mismo curso de la historia; la ha “maquillado” para el enano ese que Walter Benjamín llama la teología, y lo peor aun la vacunado en contra de la verdad. Es difícil emparentar el sentido profundo de la verdad entre vencido y vencedor, lo que no cabe duda es que esa apropiación de la historia –por quien sea– ha llevado a enmascarar a la verdad a través de mentiras o prototipos rudimentarios.

            Basta un ejemplo, la lucha de la Independencia como sabemos –oficialmente– fue por liberarse del yugo de los españoles, pero en realidad esa “(…) guerra se inicia como una protesta contra los abusos de la Metrópoli y de la alta burocracia española, sí, pero también y sobre todo contra los grandes latifundistas nativos.”[4] Lo que está en juego no es tanto las directrices interpretativas –de quien tienes razón o no–, más bien el surgimiento o el desdoblamiento de la historia.

            La emergencia de la historia “(…) se produce siempre en un determinado estado de fuerzas.”[5] De modo, que la fuerza que se sobrepone a otra constituyen una lucha que tiene como fin la apropiación de las reglas y por supuesto de la historia. No quisiera caer en la idea de Reyes Mate, de que los vencedores –sobre el desplazamiento de la dialéctica hegeliano– sean los únicos herederos de la verdad y la historia; me parece que en el fondo de todo acontecimiento aun existen indicios de oralidad, objetos y testigos que posibilitan una revuelta histórica a la visión de los vencidos. Lo que permite este análisis de la emergencia de la historia es justamente saber cómo se constituyen ambas posiciones en esta disputa por la historia y el poder, sin anticipar la subordinación que pudiera tener un grupo privilegiado sobre otro.

            Paz en repetidas ocasiones ha manifestado que “la guerra de independencia fue una guerra de clases y no se comprendería bien su carácter si se ignora que, a diferencia de lo ocurrido en Sudamérica, fue una revolución agraria en gestación.”[6] En efecto, la lucha de Independencia que se inicio contra el clero español fue por las tierras –allí está Morelos–, y no tanto por las aberraciones de la libertad –aunque Hidalgo haya sido el principal agente de cambio, creo que se debe más a clichés occidentales que a auténticos ideales de la época–. Lo cierto, es que a lo largo del surgimiento de eventos históricos   –como el anterior–, la verdad se haya queda privada de una perspectiva que orientara los discursos interrumpidos o forma no reveladas, para posteriormente convertirse en un hibrido lleno de mentiras políticas y seudo-verdades.

            Para algunos pragmatistas resulta absurdo entender la utilidad de la historia, sobre todo cuando la crisis económica y los juegos bursátiles representan una amenaza constante no sólo para México sino también para países de Europa y Asia central. Pero el problema fundamental es que “casi todos piensan, con un optimismo heredado de la Enciclopedia, que basta con decretar nuevas leyes para que la realidad se transforme.”[7] Sin duda, el modelo económico-político sigue esperanzado en los ideales ilustrados y románticos –francés– del siglo pasado. 

          El seguir depositando los ánimos y las esperanzas en las leyes nos ha conducido a un Estado maquiavélico y puritano, donde los derechos y exigencias que se pudieran derogar quedan aislados de toda legislación. Sólo queda la ilusión que algún “(…) día la humanidad jugará con el derecho, como los niños juegan con los objetos en desuso no para restituirles su uso canónico sino para liberarlos de él definitivamente”[8].

           Octavio Paz va más allá de cualquier formulación jurídica para transformar la realidad, cree que los únicos –o auténticos– que se han apropiado de las reglas del juego desde la Independencia –pasando por la Revolución mexicana– hasta nuestros días, han sido un grupo selecto de farsantes mesías o héroes ficticios, que se han dedicado adoptar –una y otra vez– el discurso de la libertad para irrumpir varios sectores de la sociedad. El precio que se tuvo que pagar a cambio de la “libertad”, fue someter a la realidad a un proyecto estrictamente “racional”, es decir, a un marco institucional o legal que pudiera eliminar las injusticias y hacer visible los derechos. Lo que hasta hoy no ha sido posible, sólo quedo aquello que suele llamar Walter Benjamín derecho divino o teórico.

          Hemos llegado a un momento central en el que la historia ha sido una forma de prostituir lo poco que nos queda en nuestras raíces, Paz juguetea en sinfín de ocasiones con el ser del mexicano y con el insólito pasado, despejando toda pretensión de mentira o falsedad, que nos acerque más a una verdad revelada que a una verdad enunciada. De manera que, por un momento reconozcamos quienes somos hasta el día de hoy, para ya no pensar, decir y hacer lo mismo; nos encontramos ante una tarea difícil sobre todo cuando estamos –desde hace mucho tiempo– insertos en un proceso histórico, en el cual sólo nos queda como dice Octavio Paz la desnudez o la mentira, es decir, seguir en el mismo camino de la mentira y remordimientos, o tratar de desvelar o desnudar de una vez por todas a la verdad. 

          Para Paz además de irrumpir el discurso de la mentira como medida precautoria, es importante  “inventar, si es preciso, palabras nuevas e ideas nuevas para estas nuevas y extrañas realidades que nos han salido al paso.”[9] No se trata simplemente de un juego de palabras o arreglos florales, sino de palabras que hagan sentido a la misma realidad, que trasciendan, que rompan sí es posible paradigmas o en todo caso hagan más cordial la relación entre la historia, la verdad y la vida. A mi modo de ver, debemos de aprender de nuestros errores para valorar lo que hemos tenido que pasar hasta hoy, –regímenes, violencia, injusticias, dictaduras, feudalismo, etc., – y revertir el efecto de los males que la Revolución y la Independencia se supone que tuvieron que propagar desde hace más de un siglo.

          Los responsables aquí somos nosotros –eso no cabe duda–, no la historia; ésta se ha encargado sencillamente de hacer su trabajo pero su grandeza siempre es la lucha de muchos pero el reconocimiento sólo de un grupo reducido, una pugna que se determina normalmente por un estado de fuerzas, como dice Foucault “el gran juego de la historia, es quién se adueñará de las reglas, quién ocupará la plaza de aquellos que las utilizan, quién se disfrazará para pervertirlas, utilizarlas a contrapelo y utilizarlas contra aquellos que las habían impuesto.”[10] Al decir verdad, Paz no difiere mucho de lo anterior, ya que la historia y los eventos que acompañan a ésta –como la Revolución e Independencia principalmente– representa un estallido de realidad, “una revuelta, una comunión, un trasegar viejas sustancias dormidas, un salir al aire muchas ferocidades (…).”[11]

         Finalmente, la historia no se ha hecho para los triunfadores, se ha querido ver así –por muchas razones entre ellas la dialéctica hegeliana del amo y el esclavo– pero lo cierto es que todavía las posibilidades siguen latentes, aun cuando el mexicano conserva su máscara, su apariencia, creo no ha caído en la resignación total –como pudiera decir Octavio Paz– para descartarse cualquier intento, probablemente cuando la máscara ya no se pueda quitar ni arrancar –como le pasó a Marx Beerbohm en el Farsante Feliz–, ahora sí creo que no nos va quedar más remedio que vivir en la resignación y sobre todo tener que aprender a vivir así.



[1] Octavio Paz, El laberinto de la soledad, FCE, México 1999, p. 131 

[2] Walter Benjamín en sus Tesis sobre la historia hace referencia al tiempo mesiánico como el instante en que la historia a contrapelo cobra sentido, ya que la espera prolonga a la historia para lograr edificar el momento cumbre, la espera del mesías.  

[3] ídem, p. 134 

[4] Ídem, p. 134 

[5]  Michel Foucault,Microfísica del poder, las ediciones de La Piqueta, Madrid 1992, p. 16   

[6] Ibídem, p. 135 

[7] Ibídem, p. 136.

[8] Giorgio Agamben, Estado de excepción, Adriana Hidalgo Editora, Argentina, 2010, p. 121 

[9] Óp. cit  p. 207 

[10]  Véase Michel Foucault, Microfísica del poder, las ediciones de La Piqueta, Madrid 1992, p. 18

[11] Óp. cit  p. 162  

 

Por Heriliam
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  • : Heriberto Antonio García
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  • : La filosofía en la actualidad constituye un quehacer intelectual, cuyo objetivo es analizar y discutir los acontecimientos históricos y sociales de América Latina y Occidente. Por eso, el propósito de este espacio es dar a conocer un panorama general de la filosofía y sus compromisos con el presente, atendiendo las reflexiones de filósofos y filosofas para repensar los problemas sociales, económicos y políticos de hoy en día.
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