Centenario de Octavio Paz: la revuelta histórica por la historia y el poder.

Publicado en por Heriliam

 

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Fragmento de la ponencia presentada en la UAM en el coloquio sobre Filosofía Méxicana, Octubre 2013. Ciudad de México, D.F.


José Revueltas decía que la memoria no es lo que se recuerda sino lo que olvidamos. En efecto, nuestros actos profundos constituye esa parte que no acepta el recuerdo a pesar de que existan testigos o no. Entonces, lo memorable es la negación del recuerdo que se ha quedado inmóvil en alguna parte del tiempo. En cambio, en la lógica histórica en la que México –con dos siglos de vida como nación libre– parece reconocerse como un país “democrático”, acepta el recuerdo como tal en la que cada una de sus instituciones públicas y políticas se identifica a sí misma. No así, sucede en las prácticas de la vida social –como los académicos, sociedad civil, estudiantes universitarios, intelectuales, etc., – donde tales recuerdos constituyen el pasado trágico e insólito de ese México de comienzos y mediados del siglo XX que no quiere quizás recordad sino olvidar.

            El desencanto por aquellos recuerdos no se debe tanto a lo que “somos” sino a lo que “no somos” hoy. Por ello, en invariables ocasiones se habla de la Independencia de México como un evento profundamente glorioso, pero no se comenta que nuestra Independencia fue “(…) menos brillante, menos rica en ideas y frases universales y más determinada por la circunstancias locales.”[1] Sin embargo, nos seguimos moviendo por los remanentes o impulsos del pasado que se han transmitido a través de generaciones en generaciones. Pero ¿qué ha sucedido en el corto tiempo de vida de nuestra historia que no podemos reivindicar nuestros recuerdos? Pareciera que estamos insertos –de lo ocurrido hasta nuestros días– en el tiempo mesiánico[2], en espera de que alguien haga o digamos algo al respecto.

            Las “máscaras” –como dice Octavio Paz– que han utilizado para cubrir el rostro de acontecimientos como la Independencia o la Revolución, se debe más a ocultar el origen o el motivo principal de lo que nunca podría ser México, un país sin rumbo ni gloria, mucho menos con ideales claros. Sin duda, hoy podemos observar atisbos de lo que “no somos”, demócratas, liberales, autónomos, transparentes, etc. Quizás lo que nos toca afrontar es lo que a nuestros antepasados evadieron en su momento, la verdad. Aunque Paz sea radicalmente pesimista, hay en el fondo de su pensamiento aspectos críticos rescatables, que explican genealógicamente la emergencia de la historia como el lugar de las batallas y el desenmascaramiento de la mentira.

            La mentira política para Octavio Paz ha sido el mecanismo de inserción de nuestro presente, que  “(…) se instaló en nuestros pueblos casi constitucionalmente. El daño moral ha sido incalculable y alcanza a zonas muy profundas de nuestro ser. Nos movemos en la mentira con naturalidad.”[3] El desarrollo de la mentira política no sólo ha desviado la vida social-cultural sino el mismo curso de la historia; la ha “maquillado” para el enano ese que Walter Benjamín llama la teología, y lo peor aun la vacunado en contra de la verdad. Es difícil emparentar el sentido profundo de la verdad entre vencido y vencedor, lo que no cabe duda es que esa apropiación de la historia –por quien sea– ha llevado a enmascarar a la verdad a través de mentiras o prototipos rudimentarios.

            Basta un ejemplo, la lucha de la Independencia como sabemos –oficialmente– fue por liberarse del yugo de los españoles, pero en realidad esa “(…) guerra se inicia como una protesta contra los abusos de la Metrópoli y de la alta burocracia española, sí, pero también y sobre todo contra los grandes latifundistas nativos.”[4] Lo que está en juego no es tanto las directrices interpretativas –de quien tienes razón o no–, más bien el surgimiento o el desdoblamiento de la historia.

            La emergencia de la historia “(…) se produce siempre en un determinado estado de fuerzas.”[5] De modo, que la fuerza que se sobrepone a otra constituyen una lucha que tiene como fin la apropiación de las reglas y por supuesto de la historia. No quisiera caer en la idea de Reyes Mate, de que los vencedores –sobre el desplazamiento de la dialéctica hegeliano– sean los únicos herederos de la verdad y la historia; me parece que en el fondo de todo acontecimiento aun existen indicios de oralidad, objetos y testigos que posibilitan una revuelta histórica a la visión de los vencidos. Lo que permite este análisis de la emergencia de la historia es justamente saber cómo se constituyen ambas posiciones en esta disputa por la historia y el poder, sin anticipar la subordinación que pudiera tener un grupo privilegiado sobre otro.

            Paz en repetidas ocasiones ha manifestado que “la guerra de independencia fue una guerra de clases y no se comprendería bien su carácter si se ignora que, a diferencia de lo ocurrido en Sudamérica, fue una revolución agraria en gestación.”[6] En efecto, la lucha de Independencia que se inicio contra el clero español fue por las tierras –allí está Morelos–, y no tanto por las aberraciones de la libertad –aunque Hidalgo haya sido el principal agente de cambio, creo que se debe más a clichés occidentales que a auténticos ideales de la época–. Lo cierto, es que a lo largo del surgimiento de eventos históricos   –como el anterior–, la verdad se haya queda privada de una perspectiva que orientara los discursos interrumpidos o forma no reveladas, para posteriormente convertirse en un hibrido lleno de mentiras políticas y seudo-verdades.

            Para algunos pragmatistas resulta absurdo entender la utilidad de la historia, sobre todo cuando la crisis económica y los juegos bursátiles representan una amenaza constante no sólo para México sino también para países de Europa y Asia central. Pero el problema fundamental es que “casi todos piensan, con un optimismo heredado de la Enciclopedia, que basta con decretar nuevas leyes para que la realidad se transforme.”[7] Sin duda, el modelo económico-político sigue esperanzado en los ideales ilustrados y románticos –francés– del siglo pasado. 

          El seguir depositando los ánimos y las esperanzas en las leyes nos ha conducido a un Estado maquiavélico y puritano, donde los derechos y exigencias que se pudieran derogar quedan aislados de toda legislación. Sólo queda la ilusión que algún “(…) día la humanidad jugará con el derecho, como los niños juegan con los objetos en desuso no para restituirles su uso canónico sino para liberarlos de él definitivamente”[8].

           Octavio Paz va más allá de cualquier formulación jurídica para transformar la realidad, cree que los únicos –o auténticos– que se han apropiado de las reglas del juego desde la Independencia –pasando por la Revolución mexicana– hasta nuestros días, han sido un grupo selecto de farsantes mesías o héroes ficticios, que se han dedicado adoptar –una y otra vez– el discurso de la libertad para irrumpir varios sectores de la sociedad. El precio que se tuvo que pagar a cambio de la “libertad”, fue someter a la realidad a un proyecto estrictamente “racional”, es decir, a un marco institucional o legal que pudiera eliminar las injusticias y hacer visible los derechos. Lo que hasta hoy no ha sido posible, sólo quedo aquello que suele llamar Walter Benjamín derecho divino o teórico.

          Hemos llegado a un momento central en el que la historia ha sido una forma de prostituir lo poco que nos queda en nuestras raíces, Paz juguetea en sinfín de ocasiones con el ser del mexicano y con el insólito pasado, despejando toda pretensión de mentira o falsedad, que nos acerque más a una verdad revelada que a una verdad enunciada. De manera que, por un momento reconozcamos quienes somos hasta el día de hoy, para ya no pensar, decir y hacer lo mismo; nos encontramos ante una tarea difícil sobre todo cuando estamos –desde hace mucho tiempo– insertos en un proceso histórico, en el cual sólo nos queda como dice Octavio Paz la desnudez o la mentira, es decir, seguir en el mismo camino de la mentira y remordimientos, o tratar de desvelar o desnudar de una vez por todas a la verdad. 

          Para Paz además de irrumpir el discurso de la mentira como medida precautoria, es importante  “inventar, si es preciso, palabras nuevas e ideas nuevas para estas nuevas y extrañas realidades que nos han salido al paso.”[9] No se trata simplemente de un juego de palabras o arreglos florales, sino de palabras que hagan sentido a la misma realidad, que trasciendan, que rompan sí es posible paradigmas o en todo caso hagan más cordial la relación entre la historia, la verdad y la vida. A mi modo de ver, debemos de aprender de nuestros errores para valorar lo que hemos tenido que pasar hasta hoy, –regímenes, violencia, injusticias, dictaduras, feudalismo, etc., – y revertir el efecto de los males que la Revolución y la Independencia se supone que tuvieron que propagar desde hace más de un siglo.

          Los responsables aquí somos nosotros –eso no cabe duda–, no la historia; ésta se ha encargado sencillamente de hacer su trabajo pero su grandeza siempre es la lucha de muchos pero el reconocimiento sólo de un grupo reducido, una pugna que se determina normalmente por un estado de fuerzas, como dice Foucault “el gran juego de la historia, es quién se adueñará de las reglas, quién ocupará la plaza de aquellos que las utilizan, quién se disfrazará para pervertirlas, utilizarlas a contrapelo y utilizarlas contra aquellos que las habían impuesto.”[10] Al decir verdad, Paz no difiere mucho de lo anterior, ya que la historia y los eventos que acompañan a ésta –como la Revolución e Independencia principalmente– representa un estallido de realidad, “una revuelta, una comunión, un trasegar viejas sustancias dormidas, un salir al aire muchas ferocidades (…).”[11]

         Finalmente, la historia no se ha hecho para los triunfadores, se ha querido ver así –por muchas razones entre ellas la dialéctica hegeliana del amo y el esclavo– pero lo cierto es que todavía las posibilidades siguen latentes, aun cuando el mexicano conserva su máscara, su apariencia, creo no ha caído en la resignación total –como pudiera decir Octavio Paz– para descartarse cualquier intento, probablemente cuando la máscara ya no se pueda quitar ni arrancar –como le pasó a Marx Beerbohm en el Farsante Feliz–, ahora sí creo que no nos va quedar más remedio que vivir en la resignación y sobre todo tener que aprender a vivir así.



[1] Octavio Paz, El laberinto de la soledad, FCE, México 1999, p. 131 

[2] Walter Benjamín en sus Tesis sobre la historia hace referencia al tiempo mesiánico como el instante en que la historia a contrapelo cobra sentido, ya que la espera prolonga a la historia para lograr edificar el momento cumbre, la espera del mesías.  

[3] ídem, p. 134 

[4] Ídem, p. 134 

[5]  Michel Foucault,Microfísica del poder, las ediciones de La Piqueta, Madrid 1992, p. 16   

[6] Ibídem, p. 135 

[7] Ibídem, p. 136.

[8] Giorgio Agamben, Estado de excepción, Adriana Hidalgo Editora, Argentina, 2010, p. 121 

[9] Óp. cit  p. 207 

[10]  Véase Michel Foucault, Microfísica del poder, las ediciones de La Piqueta, Madrid 1992, p. 18

[11] Óp. cit  p. 162  

 

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