¿Diferencia o desigualdad?
La diferencia sexual es un término que las antropólogas feministas han utilizado para referirse a la construcción de una subjetividad inconsciente, es decir, un conjunto de actitudes o experiencias orientadas hacia la radicalidad del cuerpo, el deseo, los instintos y lo irracional. La diferencia sexual suele confundirse normalmente con la perspectiva de género como una cuestión falo-centrista –llamada así por Jaques Derrida–, y con el sexo visto más bien, como una invención biológica que culturalmente está marcado por una sociedad como la nuestra.
De este modo, la diferencia sexual se posiciona más como una mirada plural y abierta, que una dimensión propiamente cultural/biológica determinada por factores sociales, ambientales e incluso políticos. La emergencia de la diferencia sexual obedece a una liberación generalizada que por muchos siglos se había quedado en el tintero, hoy busca reivindicar su paradigma a través de un constructo –psicoanalítico– alejándose de lo masculino y lo femenino. La crítica que elaboran precisamente los psicoanalíticos y antropólogas feministas, es sobre envergadura antropológica Occidental que ha plagado un canon o impulso en la historia del hombre y la vida, que hasta la actualidad sigue teniendo problemas para definir políticas de género y prácticas sexuales entre hombres y mujeres.
La diferencia se remite más a un nivel subjetivo en cuanto ideas, perspectivas y formas de ser o vivir, lo que produce realizar sesgos de la realidad, las cosas, el mundo, la vida y lo demás. En algunas ocasiones se afirma que un individuo/sujeto es diferente, por la forma en cómo viste, cómo piensa, cómo se comporta y cómo vive. En este sentido, se perciben varios niveles de diferencia; lo abstracto por ejemplo, sería una posible manera de referirnos a una ideología como una forma de pensamiento –social, política, cultural y económica–; en cambio, lo material se enfoca a lo visible o palpable, ya que expresa la composición de un conjunto de cosas, sustancias, entes, etc.
Por eso, la diferencia simple y llanamente no está asociada a una etiqueta moral o política –aunque podría estarlo de acuerdo a las condiciones de posibilidad– sino a un modo singular y subjetivo. En cambio, la desigualdad como tal hace más hincapié en las condiciones políticas, sociales y morales, puesto que tiene una presencia más fuerte en la distribución de los bienes, oportunidades, libre acceso a servicios pero principalmente en materia de derechos humanos y civiles.
La “desigualdad” es el discurso de moda que impera en las democracias del siglo XXI, porque se supone que intenta eliminar los males de otros regímenes –tales como la dictadura– que propiciaron las desigualdades en materia de justicia, derechos humanos y políticas económicas.
Pero la “desigualdad” está más arraigada en problemas sociales y culturales, por ejemplo, los grupos indígenas de México en especial los que corresponden al Estado de Veracruz, la Sierra de Zongolica, sufre ciertas desigualdades por el hecho de hablar otra lengua diferente al castellano o español, e incluso son objeto de exclusión por grupos de su mismo lugar de origen. La imposibilidad de no hablar la misma lengua es reflejo de ser olvidados, pero al mismo tiempo trazar una línea imaginaria entre los “otros” y “yo”. Aquí algunos quizás suele recurrir a la diferencia como un parámetro entre su condición indígena y mi condición mestiza.
Por otro lado, en la escuela sin lugar a dudas también hay ciertas desigualdades, a veces como docente de modo inconsciente o inoportuno, no ponemos atención a este tipo de fenómenos que se presenta con regularidad en el aula o salón de clases. A pesar de que el Bachillerato contenga en sus planes de estudios materias que evada de alguna forma, los tipos de desigualdades, entre los alumnos van adquiriendo de otras fuentes que alimentan su desconcierto por los problemas del siglo XXI. La búsqueda de una educación incluyente, justa, equitativa e imparcial es responsabilidad compartida.