Reseña del libro ilustrado ¡Auxilio, un palíndromo me acecha!

Publicado en por Heriliam

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Parece que los palíndromos usurpan la ficción de los que escriben, “afortunadamente yo no soy escritor, solo escribo”, confiesa Fernando Figueroa Sánchez en ¡Auxilio, un palíndromo me acecha!, el volumen II de su magna obra Enciclopedia del aquelarre humano. Estampas de sueños y experiencias que no solo acechan la época, sino también el tiempo, el mundo y hasta “aquellos seres que aún no han nacido para leer este libro”, como sentencia el autor en el colofón.

      Relatos donde los personajes desafían ágilmente los clichés de las sociedades hyper-ultra-posmodernas; el alcance retórico con el que se describe esta serie de anales, recae en el inevitable humor negro que denuncia la crisis de un mundo, profano y trivializado por el cinismo de la nueva era, curiosamente muy similar al nuestro. Así se lee:

“Bob esponja ya ni reía; donde antes pastaban los pegasos, ahora había lozana yerba repleta de ácaros transmisores de peste roja y cámaras de tv con utilería y maquillistas, en las tabernas donde antes pululaban cronopios que discutían filosofía animosamente, ahora se habían fundado academias para legislar y decidir de una vez por todas quién tenía derecho a pertenecer a la ficción”

 

      ¡Auxilio un palíndromo me acecha!, parece escrito por Karl Kraus en los cuentos “¡Boñiga al aire!” y “La caja idiota, sobre pedido”, pero luego, uno lee “Fin de temporada de un actor de la farándula” o “Compraré un reloj” y entonces, Figueroa despliega un estilo como el de Louis-Ferdinand Céline o Henry Miller. Lenguaje repleto de sabias ironías y de anáforas, sólo el principio de una historia de la barbarie humana que hoy es cada vez más irreprochable. En el cuento que da nombre al volumen, la chabacanería se exhibe como palíndromo de las masas, y entonces, al desnudo yace la naturaleza humana, la dignidad y la inmediatez de las relaciones interpersonales. Bajo el ímpetu de Alan Poe, de Cortázar o Arreola, no el escritor, sino nuestro autor, el que únicamente escribe, “ataca” al proxeneta por idólatra, y “acata” solo a su lúdica conciencia, antes que a las reglas y academicismos, para escribir los cuentos de la Enciclopedia.

      Con el prólogo de Miguel Ángel Montoya y los grabados originales para la edición de Sergio Sánchez Santamaría, quien obtuvo el premio de retrato UNAM 2013 por el dibujo de Sergio Pitol, Fernando Figueroa ofrece un libro de lectura jovial y amena, invita lo mismo a explorar las obsesiones que enfrenta un jubilado por la pérdida de su única compañía, el objeto visual –TV–, hasta las enseñanzas de la mascota que acaso haya tenido en vida el filósofo Michel Foucault en el cuento “Séptima vida del gato de Foucault”.

     Escritura, ora culterana, ora con la contraseña coloquial de los comics; los personajes de Fernando Figueroa cuestionan el ideal americano de justicia, que por mucho tiempo ha  sido el orgullo de un país alrededor del mundo; Batman, Iron Man, Súper Man, la mujer maravilla y demás súper héroes personifican las tropelías de un discurso trillado, en manos de un presidente bailarín y Nobel de la Paz. De todos los paladines, el Capitán América es el único sospechoso de esta cultura a la american way, que hoy parece importarse en otros países, pero también resulta ser, el detractor de una serie de irregularidades de índole económica y político; Steve Rogers es el héroe que pasó a la farándula, más por un tosco tono patriótico que por su espíritu de justicia en ¿Quién coño mató al Capitán América?

    Texto visual en cuyo grabado de portada se aprecian los palíndromos que acechan al autor; rodeado de grandes eruditos y con un rótulo que vaticina el “nuevo orden del mundo”, Figueroa es embestido por un espantoso cuervo, o lo que es lo mismo, un pajarraco venenoso. Mientras, una rata obesa termina por comerse el último libro de cuentos, en contraportada, da la impresión que el escritor se ha convertido en un palíndromo más, y ahora lo rodean Edgar Alan Poe y Samuel Beckett.

    Treinta y dos cuentos que exhortan a repensar en el estilo más estrafalario, las aviesas conductas de la sociedad supra-posmoderna, colmada de sátira y guacia, e incluso resultar ser una provocación para el intelecto de las nuevas generaciones del siglo XXI. Posibilita una lectura abierta. Puede que el lector descubra que sus fobias o sueños, sean palíndromos, o que el lector sea un palíndromo oculto y lo desconozca; o bien que el escribano refleje sus palíndromos en un par de hojas como lo hace nuestro autor en esta obra artística y literaria.  Relatos cortos y otros no tanto, el libro incita a desempolvar nuestras pasiones y miedos con una lectura cordial y mundana. Al finalizar su lectura quizá tendremos que decir, si no queda más remedio: ¡socorro, tengo palíndromos!

 

 

 

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